sábado 31 de enero de 2009

EL ÚLTIMO DE TODOS (segunda parte)

- Andrea, Andrea, mierda, sal que han matado a tu hijo. Corre carajo, corre.

Andrea estaba sentada en su pequeño comedor escuchando música cuando oyó todo. Se quedó estática, no lloró, solo imaginó quien sería esta vez. Cuando vio entre las esteras de su casa el cuerpecito que venía entre los brazos de su amiga, entendió de quien se trataba. Su mente hiló miles de ideas; recordó el nacimiento de su hijo, peludito como un mono, gritando en plena selva; sufrió esos segundos pensando lo que pasó para cambiarle el nombre mal escrito por el secretario del pueblito de Villa Virgen, quien lo había inscrito como Yimy y ella quería Jimy; recordó el gusto especial que le tenía a su única mamadera (la que lo acompañó hasta los siete años en el colegio primario) y tenía forma de Pedro Picapiedra; recordó esos gritos diciendo ¡quiero mi agua azucarada!, ¡quiero mi agua azucarada! Y finalmente sintió la mano de su amiga. Cogió a su último hijo, lo llevó hacia el cuarto y lo recostó en su cama.
Afuera, la gente se había aglomerado e intentaba ver lo ocurrido. En minutos el accidente se había convertido en tragedia de todo el barrio. El camionero estaba detenido, un grupo de vecinos liderados por Hilario Huanca no lo dejaban partir y la gente se enardecía cada vez más con el inocente conductor.
Esa mañana, cuando Jimy salió de la casa, el camionero había estacionado para vender plátanos a los vecinos de Towsend Escurra. Él siguió conduciendo su camioncito y avanzó por debajo del enorme camión platanero. Aun no había cruzado todo el vehículo cuando se puso en marcha de manera repentina. Esa mañana ocurrieron dos milagros: ese tipo de transporte siempre va lentamente para seguir vendiendo y llamando agente a través de sus altavoces. Las llantas cogieron al camioncito de plástico, lo levantó y reventó las llantas traseras; luego, lo cogieron de sus botas y lo tumbaron. La caída lo dejó inconsciente y ahí empezó todo el drama, la gente gritó, Macaria llevó a Jimy a los brazos de Andrea y el camionero, luego del susto, nunca más regresó por el barrio.
Cada vez que Jimy recuerda este incidente dice que fueron sus pibes los que le salvaron la vida. Esos pibes los guardó durante años, eran su adoración. No recuerdo como las dejó, hace unos días le preguntaré por ellas. Aunque ya está un poco viejo para esos recuerdos pues tiene 30 años, me sorprendió lo que dijo:


"Las pibes, esas botas hasta ahora las tengo en mis pensamiento, pues que fueron las únicas botas que tuve durante toda mi vida, y me quedaban grandes; por cierto, eran de color maíz oscuro, o quizá caqui pues de colores nunca supe nada. Ese día me acuerdo que las llantas pasaron sobre mis botas tocándome un poco los dedos y cuando salió volando el camión de plástico volé junto con él salimos con fuerza debajo del camión de plátanos.
Ah, las botas las regalón mandándolas a la selva; me acompañaron hasta Canto Grande, como no las usaba me daban mucha pena tenerlas en un rincón; más pena me dio cuando las regalaron, pero como todo tiene un propósito y un ciclo en esta vida… Creo que así fue con las pibes, me salvaron la vida, y de seguro lo hicieron con alguien más"

sábado 24 de enero de 2009

EL ÚLTIMO DE TODOS (primera parte)

Su nacimiento fue muy peculiar; lo hizo en la selva del Cusco en 1979 y cayó directamente a los zapatos de su padre. José Raúl no atinó a nada, él –seguramente por el golpe- dio su primer grito de vida y la verdad es que sonó más a aullido de mono que a ser humano. Por alguna razón el nombre no fue problema pues Andrea ya lo había decidido, se llamaría Jimy Emerson y sería el último hijo –decía cada vez que se lo recordaban- pues este le había dolido demasiado (si nació pesando más de cuatro kilos)
El verano de mil novecientos ochenta y tres también fue especial para él. La navidad de mil novecientos ochenta y dos José Raúl le había comprado un camión enorme para que juegue en las polvorientas calles de Víctor Raúl Haya de La Torre; pero, ese mismo día fue atropellado y el regalo no llegó para esa navidad. Varios días después del accidente, Ricardo –su hermano- fue por el auto Opel de Raúl que había quedado en el pueblo joven El Ángel. El recorrido hasta la casa era de unos siete kilómetros, siete largos e interminables kilómetros que casi terminaron en tragedia pues Ricardo nunca había conducido un auto y se atrevió a llevarlo. Aunque él contó que en el trayecto se estrelló contra un poste eléctrico y chocó en una casa, jamás explicó que sintió al hacer tamaña estupidez solo por quedar bien con su cuñada y sus sobrinos.
Cuando llegó el Opel, fueron hacia la parte trasera y se apresuraron en abrirlo. Ahí estaba el regalo: era un camión de plástico de color verde, enorme, casi del tamaño de Jimy, brillaba a juguete nuevo, luciendo unas llantas negras listas para correr por la tierra llevando piedras y maderas, restos de carrizo y cartones. Era su camión, su segundo camión de carga.
Una de esas mañanas típicas de verano con sol radiante, cielo despejado, poco viento y ruido callejero, ocurrió lo que se esperaba. A todos les había tocado, los tres hermanos mayores tuvieron su drama, Andrea lo suyo, faltaba él; así es que nadie se sorprendió más de la cuenta cuando ocurrió, total ya era común en esa familia amanecer con sobresaltos y acostarse por las noches con alguna noticia trágica (aunque como dije anteriormente, la tragedia la ponía la gente pues en realidad eran travesuras de niños que terminaban con olor a embrujo o maldición familiar).
Luego del desayuno, Jimy salió con su camioncito a jugar a la calle. No pasaron ni diez minutos cuando la gente empezó a gritar:

-Lo mataron, lo mataron.
-Andrea, tu hijo, tu hijo, lo mataron.
-Maldito asesino, como no vas a ver a esa criatura; era tan inocente, cojudo de mierda, ya lo mataste, solo era un mocoso inocente.

Macaria Blácido fue la más afectada. Ella era amiga inseparable de Andrea, aun cuando ella se fue a vivir años después a San Juan de Lurigancho, se siguieron frecuentando. Ella lo vio todo, no salía de su asombro pero aun así, corrió hacia el pequeño que salió casi disparado por la presión de las llantas del camión de plátanos que pasaba esa mañana por ahí. Levantó a la criatura, la arrulló entre sus brazos y secándose las lágrimas empezó a gritar:

-Andrea, Andrea, mierda, sal que han matado a tu hijo. Corre carajo, corre.

Andrea estaba sentada en su pequeño comedor escuchando música cuando oyó todo. Se quedó estática, no lloró, solo imaginó quien sería esta vez. Cuando vio entre las esteras de su casa el cuerpecito que venía entre los brazos de su amiga, entendió de quien se trataba. Su mente hiló miles de ideas; recordó el nacimiento de su hijo, peludito como un mono, gritando en plena selva; sufrió esos segundos pensando lo que pasó para cambiarle el nombre mal escrito por el secretario del pueblito de Villa Virgen, quien lo había inscrito como Yimy y ella quería Jimy; recordó el gusto especial que le tenía a su única mamadera (la que lo acompañó hasta los siete años en el colegio primario) y tenía forma de Pedro Picapiedra; recordó esos gritos diciendo ¡quiero mi agua azucarada!, ¡quiero mi agua azucarada! Y finalmente sintió la mano de su amiga. Cogió a su último hijo, lo llevó hacia el cuarto y lo recostó en su cama...

sábado 30 de agosto de 2008

SUEÑO PROFUNDO

Estaba profundamente dormida, como no lo había hecho en meses. Mucho tuvo que ver la pastilla que le medicó su hermano Guillermo; como fuere, se había dormido y ya era bastante.
Su rostro lo decía todo: las ojeras por las malas noches que había temido en meses, se mostraban como anteojeras cubriendo esos ojos negros, hundidos y amarillentos. Las arrugas recorrían la faz de una mujer que estaba luchando por vivir desde hacía un año atrás; cuarteaban cada tramo de su rostro como indicando la cantidad de veces que le tocó sufrir a aquella mujer que –según decía ella misma- había vendió a este valle de lagrimas, solo para sufrir por los demás. Sus labios arrugaditos y hundidos desnudaban la ausencia dental y junto al color de su piel bronceada por los años era el maquillaje natural más sublime que sus hijos habían observado en ella desde pequeños. El cabello artificial que cubría su cabeza estaba muy maltratado, desprendiéndose de la base y además la hacía ver muy extraña. Era una sensación muy rara. Estaban ahí, frente a una mujer que jamás había dejado de luchar y que aun sabiendo a la muerte cerca de su vida, seguía porfiándola y retando a muchos duelos más.
Era una noche especial para todos pues la pudieron contemplar en toda su dimensión después de años. La verdad es que nunca tuvieron la oportunidad de hacerlo ni la intención de logarlo. Por eso era especial; además, sabían que era una de las últimas veces que podrían hacer ello. No desperdiciaron ni un solo instante y se sentaron a mirarla toda esa noche.
Ella estaba ahí, acostada sobre una sábana blanca y cubierta con unas colchas de colores floridos; llevaba una chompita negra, pantaloncito de lana azul, medias gruesas y de color negro. Había bajado de peso, estaba muy delgada, parecía una niñita frágil cuyos huesos se suspendían de la vida a través de la piel sufrida y bronceada por las inclemencias de de un destino particular que le tocó vivir.
Mientras la observaba, Enrique empezó a recordar aquella vez cuando había enfermado con tuberculosis y quedó postrada en cama un buen tiempo. La imagen de ese niño pidiéndole que no se muera ocupó todo su cerebro. Le prometió muchas cosas, le suplicó de mil maneras; le lloró a esas manitos amarillentas de tanta enfermedad. Es que no era poco lo que le pedía: No quería que se muera. Cuando sintió las lágrimas de su hijo, lo cogió de la cabeza, lo apoyó en su pecho y le susurró:

- ¡No llores hijito, seca tus lágrimas!, aun no es mi tiempo, yo sé cuando me voy a morir, ya conversé con la muerte y me ha dicho que falta mucho para irme con ella.

Mientras recordaba ese momento, Enrique pensó si habría llegado la hora. Total, ella no quería morir de vieja y siempre dijo que cuando quisiera morir, lo haría.
A veces pienso que no quiso dormir todo este tiempo por temor a no despertar más. Enrique la ha escuchado decir que ya no le importa nada, que ahora prefiere morir, que ya está cansada de tanta enfermedad y quiere irse; total ya logró a sus hijos y no tiene nada más que hacer en este mundo. Sus hijos muestran la angustia natural de la muerte, están con ganas de despertarla, vaya a ser que no quiera levantarse más.
Ella me contó un sueño reciente: estaba en su pueblito, con su lorito verde, su cabrita, entre los cerros cubiertos de vegetación y de repente apareció un jinete elegante y muy portentoso que la persiguió por los cerros hasta que la agotó de tanto correr y la alcanzó. Se la llevó hacia sus entrañas, el cerro la estaba llamando y a diferencia de otras veces, ella se cansó y dejó atrapar; se cansó y se dejó llevar a las entrañas de ese ser extraño. Cuando me contó ese sueño se me estremeció la piel, ella y yo sabemos lo que significa, sus hijos no tienen ni idea. Ella está resignada; yo, prefiero esperar pues confío en que seguirá peleando por ella, por sus hijos, por nosotros.

lunes 14 de julio de 2008

GOLPES BAJOS (segunda parte)

Fue suficiente. Raúl, impotente, confundido, empezó a patear el auto Opel que tenía en su cochera, empezó a darle de cabezazos a la parrilla del auto, a lanzar puñetes a los vidrios de la puerta delantera.
Andrea, se indignó aun más. Claro, ahora te quieres matar para que tu familia me culpe – le gritó- te quieres fregar otra vez para tenerme de esclava de tus males. Cobarde, ni para eso sirves, ni siquiera eres capaz de golpearte tú mismo, finalizó. No había terminado de hablar y se lanzó sobre él, lo cogió del cuello, lo lanzó contra la pared de esteras, le dio dos bofetadas y se quedó mirando fijamente al hombre -que le pasaba en dieciocho centímetros de estatura- totalmente reducido, llorando como niño, lleno de impotencia, buscando los brazos consoladores que jamás encontró. Lo más cercano que halló en ese instante fue un baldazo de agua fría que cubrió casi todo su cuerpo y lo envolvió en un halo de desolación y abandono total. Lo llevó a su cuarto, lo acostó y dejó que duerma hasta el día siguiente. Total, era como su hijo, el hijo que jamás hubiera querido tener.
Raúl era eso para Andrea, un hijo, el que más problemas le dio. Ella recordaba, a cada instante, las penalidades que había pasado para que su esposo no muriera en el hospital ni quedara relegado por falta de dinero. Fue tanta su obstinación por salvarlo que cuando recibió la primera cuenta para la operación a la pierna de Raúl, seiscientos mil intis (eran los tiempos de Alan García) pidió el apoyo de todos los vecinos, que por cierto, la apoyaron hasta el cansancio; Iraida se puso a vender mazamorra y dulces de leche, picarones y postres diversos; Chacaltana apoyó en la pollada más numerosa que haya en el recuerdo de esos días: fueron más de quinientas tarjetas repartidas las que se separaron para el gran día. La enorme pampa que servía de patio para los niños de Víctor Raúl haya de la Torre fue el escenario de tamaña actividad; fue tan concurrida, que ni las amistades más impensadas acudieron al llamado de esa mujer que solo sabía sufrir. Incluso, ella –con ayuda de varias vecinas- llevó las polladas hasta el barrio que la vio crecer en Lima: La urbanización El Milagro. Aquella noche ella se emocionó al ver tanto dinero junto; habían recaudado casi el triple de lo que necesitaban para la primera operación. Jamás le dio mal uso al dinero; colocó el monto total en una cuenta y fue retirando según las necesidades de su esposo. Duró muy poco para lo que se gastó en esos meses.
Él respondía solo con golpes bajos que fueron acabando con el amor más puro de aquella mujer enamorada que intentó hasta el último momento despertar sentimientos que jamás halló en él.
Él no perdonaba, siempre era tosco y descortés, agresivo y corrosivo. Andrea recuerda con mucha frescura, esos momentos en que él fue destruyendo el amor que le tenía.
Recuerdo muy bien –cuenta ella- cuando le llevaba su comida desde Víctor Raúl hasta el hospital Carrión; me tomaba casi dos horas para llegar, así que envolvía bien las portaviandas para conservar el calor de los alimentos. Aquella tarde, él me dijo que no le gustaba lo que le llevé y me dolió tanto que le entregué todo a un desconocido de la cama contigua. Luego, generalmente lo encontraba molesto, irritado y me hacía sentir mal con sus frases burlonas, sarcásticas; así es que un día decidí no visitarlo más y le dije –delante de su madre- que no regresaría más al hospital. Cogí mis cosas y salí del lugar con un dolor tan fuerte como un cuchillo clavado en el centro de mi corazón; pero no podía pues, era mi esposo y no sé si por pena a él o a mí, regresé a las pocas semanas, eso si, aclarándole que solo lo hacía por generosidad al padre de mis hijos. A Raúl nunca le interesó eso, jamás agradeció tanto amor ofrendado sin el más mínimo reclamo de reciprocidad.
Pero, eso terminó matando el amor y a Andrea. Por eso, no fue rara la actitud de aquella mujer harta de tanto desamor y cansada de un hombre que siempre resultaba siendo la víctima en todo.
Eso explicaba su actitud; agresiva como nunca se le vio jamás, derramó toda su ira y rabia –contendidas por años- e hizo sentir tan mal al pobre hombre que nuevamente terminó dándole lástima: pero, esta vez era solo eso, ya no había amor, ya no pasión, tan solo eso, lastimera compasión por un hombre que terminaría sus días solo y en la más completa orfandad conyugal.
Ja ja ja. ahora que recuerdo,exclama Jimy cuando el viejo empezó a golpearse contra el auto y no sé de dónde sacó fuerzas mi mamá, Kenson y Hamilton salieron corriendo y gritando: el loco, el loco. Yo me había quedado atrapado en el parachoques del auto y lo que no sabe el viejo es que quedé atrapado por travieso; como aquella vez que casi me mata el camión platanero, ¿te cuerdas viejita? Mmmmmm creo que ya se durmió. Bueno mañana que esté despierta te contaré como fue eso.

lunes 7 de julio de 2008

GOLPES BAJOS (primera parte)

…Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé!
(César Vallejo)


Cuando empezó a golpearse contra el auto, todos se asustaron pues temían que su pierna izquierda recién operada y atravesada con tres gruesos fierros y soldaduras de platino pudieran dañarlo más de lo que ya estaba. Se volvió loco, le daba de cabezazos al auto y gritaba desconsolado culpándose por algo que jamás fue responsable.
La depresión había capturado el alma de José Raúl. Estaba en cama producto del trágico accidente que lo postró por varios meses enyesado en un hospital, cuando empezaba a recuperarse de la operación a la pierna (que había quedado fracturada y partida en dos) tropezó en los servicios higiénicos del Hospital Daniel A. Carrión y terminó seis meses más en cama, Su tragedia era aun mayor: ahora estaba inutilizado, con sondas que reemplazaban a sus uréteres, los fierros atravesados en su pierna, sin poder trabajar y en el más completo abandono físico y moral por parte de sus más entrañables amigos. Ese año falleció su madre. Pareciera que alguien escribió sobre su cama:
“yo nací un día
Que Dios estuvo enfermo”

Nada fue igual después de su accidente. El 23 de diciembre de mil novecientos ochenta y dos marcó el inicio de su postración y abandono. Cuando los médicos lo revisaron, coincidieron que solo un milagro lo salvaría. Tuvieron que enyesarlo casi por completo, tenía fracturado desde el cráneo hasta las costillas; la tibia y el peroné izquierdo se habían quebrado y astillado completamente; los uréteres estaban destruidos y no servirían más. Fue un milagro. No sabe como, pero terminó en manos de los galenos del Hospital Carrión del Callao. Luego de varias operaciones, su cuerpo empezó a recuperarse. Pero, la desesperación de un hombre por ver la calle, hizo que se emocionara demasiado: Se levantó de la cama, dio unos pasos, vio que su cuerpo podía resistir su peso, dio algunos saltitos con las muletas, se sintió mucho más seguro y avanzó al baño. La radio portátil que llevaba pasaba una melodía premonitoria.
“todo tiene su final,
Nada dura para siempre…”


Solo fueron unos segundos, fatales, lentos, dolorosos, pero solo segundos. Resbaló, cayó y se quebró nuevamente la pierna. La sangre salía de su pierna con una fuerza tal que podría haber dicho que no quería estar en su cuerpo; los huesos y el injerto colocado se quebraron. Fue intervenido nuevamente, esta vez con incrustación de fierros y platinos con pernos para asegurar bien los huesos. Así estaría por los próximos dos años. Así salió a su casa, totalmente abatido, destrizado emocionalmente, a un hogar que ya no era suyo, a una familia que ya no lo aceptaría, a una madre que pronto partiría.
Cada mañana, ante la ausencia de una enfermera, Andrea cambiaba la sonda y colocaba otra en segundos por el riesgo de que se cerrase el orificio en carne viva que tenía Raúl a unos centímetros de su ombligo. Con una extraña calma, le quitaba las gasas de la pierna, limpiaba las heridas con los medicamentos que le habían recetado, colocaba nuevos vendajes y cerraba con sumo cuidado para evitarle dolores innecesarios. Esa fue su rutina durante dos interminables años. Años que terminaron cansando a Andrea por cargar con los castigos y penas de un hombre que jamás le correspondió el afecto brindado hasta ese momento. Para entonces, cada vez que podía, ella le reprochaba el abandono de su familia y el desgano que él mostraba para seguir viviendo. Esa fue la razón para que aquel fatídico día él se golpeara de manera tan descontrolada.
Jimy, el menor de sus cuatro hijos, estaba jugando en la calle, junto a otros amiguitos que compartían la alegría de la tarde de ese veraniego año. Amador, hermano mayor de José Raúl, se retiraba luego de haberlo visitado, subió a su Volkswagen , encendió el motor y dio marcha al vehículo. Los niños se cogieron del parachoques posterior y avanzaron unos metros para luego soltarse antes de ser arrastrados. Jimy no pudo. Sus prendas se habían enganchado en uno de los extremos del metálico parachoques. Fue arrastrado unos metros, los vecinos empezaron a gritar al conductor para que se detuviera antes de matar a la criatura. Amador, se detuvo, soltó a su sobrino, le dio un golpe en la nuca y empezó a gritarle por la irresponsabilidad cometida.
Fue suficiente para Andrea. Loas vecinos la pusieron al tanto de lo ocurrido, ingresó a la casa, insultó a Raúl con la ira que había contenido desde hace años, descargó la rabia de una mujer que ya no soportaba más a un hombre que había perdido la esperanza en si mismo.
-Maldito, para eso nomás viene tu familia. No se conforman con dejarme a su enfermo, ahora quieren matar a mis hijos.
-Andrea, cálmate, Amador no se habrá dado cuenta, ¿Qué tienes? ¿cómo crees que va a matar a su sobrino?
-Tú que sabes, lo has visto. Arrastro a tu hijo casi una cuadra, tiene las piernas y los brazos raspados. ¿Tú lo vas a curar? Ah. Dime, dime!
-¿te volviste loca? Cállate que la gente no tiene que enterarse.
-Acaso tú me das para la medicina. Tu hermano trae los medicamentos que necesitas. Estoy harta de todos esto, no los quiero ver por acá porque les rompo la cabeza. Solo me traen problemas. Lo único que sabe tu familia es joderme la vida, eso es lo único que me han hecho hasta ahora. Los odio, los odio.
Fue suficiente. Raúl, impotente, confundido, empezó a patear el auto Opel que tenía en su cochera, empezó a darle de cabezazos a la parrilla del auto, a lanzar puñetes a los vidrios de la puerta delantera.
Andrea, se indignó aun más.

domingo 15 de junio de 2008

PEQUEÑAS MARCAS (segunda parte)

Andrea salió a abrir la puerta.
Yeny Se había desmayado hacía varios minutos. Tenía un poco de algodón con alcohol empapando su nariz, alguna tapa de olla que apareció por ahí agitándose para darle aire y toda una procesión de vecinos que –imaginando lo peor- acompañaban el cuerpecito indefenso de la niña marcada por el infortunio.
Definitivamente, la tragedia rondaba en la casa de la señora Andrea. Era la mala suerte, la maldición de la loca, sus hijos estaban pagando lo que su padre había hecho. Así es el destino pues, todo se paga en esta vida. Los hijos sufren por las acciones de los padres. Lo que tus padres hayan sembrado, tú cosecharás. Y vaya que José Raúl había sembrado harto, pero pura hierba mala, puro pasto para animales. Ahora, los hijos pagaban las culpas ajenas.
Ahí estaba ella. Entre los brazos de Jaime Leyva, hijo de Macaria. Ingresaron a la casa. El silencio inicial se rompió con las palabras de Yeny.
-¡mami, me duele mi cabeza!
-¡ya despertó, ya despertó!
-¡mami, quiero vomitar!
-¡traigan un recipiente, una vasija. Traigan algo, pronto!
Así eran los vecinos de este barrio. Todos miraban estupefactos a la familia de Andrea. La fortaleza que tenían para levantarse. Era sorprendente, como esta mujer sola podía criar a cuatro hijos (sin contar que pronto se haría cargo de su hermano Guillermo y del accidentado Raúl quien fuera atropellado en la navidad de 1982)
La felicidad le parecía esquiva a Yeny. Extrañó a su padre por varios meses; ahora que había regresado, lo tendría postrado en una cama y casi invalido y cascarrabias por sentirse completamente inútil; en unos años, nuevamente serían nuevamente separados por la incapacidad paternal para asumir su ficción de cabeza de familia. Pero ella no entendía nada de eso, solo quería a su padre y punto. No se diga más. Total, toda hija se pega más al padre, ¿verdad?.
-Oye Enrique ¿y eso que tiene que ver con el accidente de tu hermana?
-Ah, cierto, lo olvidaba.
Yeny nos contó que mientras jugaba a las chapadas con Kelly y Chaqueta (una niña muy simpática cuyo nombre revelaré más adelante), empezó a pensar en su padre. Recordó aquella tarde que los llevó a comer pollo a la brasa, aquella otra vez que fueron al chifa y su hermanito Jimy pidió una sopa llamada “chifú chifú” (era un niñito pues, la sopa era Fuchi Fu), evocó aquella mañana imborrable del parque de las leyendas, cuando Raúl les compró dulces y pelotitas mientras paseaban y el travieso de Johni hizo que la de Jimy se fuera hacia la zona de los rinocerontes. Es que era un travieso pues.
-¿y?
-Lo siento, pero eso contó ella pues.
Mientras Yeny recordaba esos días de felicidad, no se percató que sus pasadores se habían soltado. Siguió corriendo. Fueron solo instantes de suspensión mental. Fracción de segundos que culminó con un sonoro golpe en el piso de tierra y piedras menudas.
Kelly gritó: ¡ahora la lleva Yeny!, ¡corran, corran!
-Ya pues hermano, me estas dando muchas vueltas ah. Creo que es todo por esta noche, regreso mañana.
-¡No, espera! Aquí termino
Mi hermana dio algunos pasos. Serían cuatro o cinco. Uno de sus pies pisó el pasador, trabando su persecución. Su delgado cuerpo fue cayendo lentamente ante la atónita mirada de sus amiguitas, el desesperado intento de Kelly por cogerla y el alboroto de dos vecinas que vieron la espectacular caída. Al trabarse sus pies (y sin posibilidad de reaccionar) cayó casi recta y firme, como una varita, directo al suelo. Su carita terminó estampada en el polvo, su frentecita impactó en una piedra que terminó marcándole una línea de dos centímetros y sus manitos –que tampoco reaccionaron- terminaron dobladas y escondidas entre el cuerpo y el suelo. Se había desmayado. No sé si del golpe, so sé si dela vergüenza; lo que si sé –porque ella me lo contó – es que mientras caía al suelo iba pensando en la paliza que le daría su madre por no haberse atado los pasadores. Afortunadamente, las vecinas ayudaron, culparon al destino, al infortunio, en fin; el resto, ya lo conoces.
-Ahora si, hasta mañana
-Hasta mañana Enrique.

domingo 1 de junio de 2008

PEQUEÑAS MARCAS (primera parte)

- Mami, menos mal que saqué un azulito, mire mi libreta mi profesor me ha puesto casi todo con rojito, mami.
Esa era Yeny, hermana de Enrique (tercera hija de José y Andrea). Ella era menudita, de carita casi redonda y con una sonrisita pícara que la acompañó hasta la adolescencia. A ella también le había afectado lo ocurrido con su padre; pero de manera muy especial: se volvió más despistada, empezó a crear un mundo de niña del cual nunca logró salir (o no ha querido salir), empezó a dormir demasiado, tenía muy pocas amiguitas de su edad, terminó repitiendo el año escolar.
Por esos días Yeny había construido un mundo particularmente atractivo, al que invitaba a jugar a sus hermanos de vez en cuando: tenía un televisor de colores, un equipo de sonido del año, un muñeco Pepe original, un juego de cocina que su papito le había traído solo para ella y por eso nuca lo sacaba (como que nunca mostró su televisor ni su equipo porque su mamá se molestaba si hacía ingresar a sus amigas). Cuando su padre abandonó el hogar, le costó aceptarlo (solo tenía seis años) y hasta sus quince años no quiso aceptar la responsabilidad de su padre. Cuando él regresó a finales de mil novecientos ochenta y dos, sus ojitos recobraron el brillo de niña que la acompañaba, su coquetería femenina y su vivacidad de barrio ocuparon el lugar que le correspondían: Yeny había vuelto; sin embargo, el accidente que postró en cama a su padre durante los próximos tres años la hundieron más en su paraíso perdido.
- ¿han visto a Yeny? Interrogó Andrea a sus hijos en uno de esos días de desorden total en el barrio.
- Yo la vi durmiendo- respondió Johni – creo que está en la cama.
No era raro que desapareciera así, pero esa tarde Andrea estaba muy tensa y mostraba su preocupación al no ver a su hija en casa.
- ¡Se ha escapado, mi hija se ha escapado!. Esta niña loca a donde puede haberse ido.
- Mami, yo la vi jugando en el cuarto. Voy a ver.
No estaba. Había desaparecido en unos instantes y la tarde ya empezaba a caer con el manto de incertidumbre en la jefa de la casa. Los hermanitos desesperados seguían llamándola por todos los rincones de la casa y nada. Ella no estaba.
- ¡Yeny!, ¡Yeeeeeeeeeeeeenyyyyyyyyyyyyyyyy!
- ¡Chulaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! (así la habían bautizado por ser tan linda, decía su madre)
La aparición de José Raúl fue casi providencial. Por esos días (aun sano) había recuperado el trabajo de distribuidor de la empresa Pilsen Callao y pasaba por la casa conduciendo un camión repartidor.
- Raúl, tu hija se ha perdido. No la encontramos desde hace buen rato.
- Carajo, como se va a perder si todo el mundo la conoce en el barrio.
- Pero no está pues. Ya la buscamos y nada.
- ¡Yeny!, ¡hijita te he traído unos dulces!, Yeeeeeeeeeeeenyyyyyyyyyyyyyyyy!
Enterados los vecinos, organizaron una brigada de búsqueda para peinar toda la cuadra y al grito de Yeny, partieron en su búsqueda. Raúl ingresó a la casa y recorrió cada rincón de ella sin mayor fortuna, ingresó al cuarto, revolvió las frazadas, volteó las colchas. Nada, la tierra se la había tragado.
- ¡pobre del pendejo que me haya escondido a mi hija, le saco la mierda! Empezó a gritar Raúl dando signos de desesperación y al borde de las lágrimas.
- ¡Vamos a la comisaría! Sugirió la vecina Macaria Blácido. La policía tiene que ayudarnos a buscarla.
Raúl salió de la casa, apresurado y con rumbo a la delegación policial de Tahuantinsuyo. Ahí tenía un amigo que podría apoyarlo.
De repente, se oyó una voz muy débil que salía de algún rincón.
- ¡Papi!, ¡Papito! ¿has venido a verme? se escuchó con más claridad.
- ¡hijita, dónde estás?.
Yeny nunca salió de la casa. Toda la tarde estuvo en ella. Tenía la costumbre de dormir totalmente cubierta con las colchas y seguramente cuando ingresaron a buscarla, en lugar de sacar las telas y frazadas, terminaron envolviéndola aun más. Lo que no quedó claro aquella vez, es si con tanto ruido ella realmente no sintió la desesperación de sus padres o –como en muchas ocasiones- se había sumido en ese mundo de fantasías al que solo ella sabía ingresar y salir.
Así era ella pues, así era la chula. Pero eso fue solo un sustito comparado con lo que le pasó en la víspera del cumpleaños de su madre.
- ¡Tu hija!, ¡Andrea, tu hija! Gritaba eufórica Macaria desde la calle. Andrea no había terminado de desayunar aquella mañana y no se atrevió a salir. Solo vió por una rendija que traían a Yeny descalza, con el cabello totalmente desordenado y en un estado de inconsciencia fúnebre.
- ¡Yeny, Yeny! Gritaban algunos vecinos.
Andrea se dirigió a abrir la puerta.